La Casa Tomada
- Entonces, ¿Así fue? – preguntó angustiado Heriberto.
- Así como me lo contó Eduviges te lo cuento – y Heriberto acabó de chupar el último pedacito que le quedaba de cigarro mientras Josefa le terminaba de platicar.
El hombre caminó de un lado a otro por el pequeño cuarto. En momentos se detenía para ver por la ventana que daba a un jardín que tenía un poco de pasto, un árbol de almendro, algunos truenos a medio crecer rodeados de flores silvestres y un rincón lleno de chatarras.
- Es que es difícil. Si yo te digo que las he visto pasar corriendo, y a veces hasta merodear sin miedo. No no, lo de Eduviges está mal.
- Eduviges dijo lo que dijo. Ella las vio anoche huyendo despavoridas. Ella dice que no volverán.
- ¿Y cómo las ha visto, eh?
- Desde su cuarto, arriba. Hay rendijas entre las uniones de su casa y la nuestra. Y mejor todavía ¿cuándo te ha dicho mentiras, Heri? ¿no fue cierto cuando te leyó las cartas y te dijo que perderías el trabajo?
- Sí, fue cierto, pero tal vez fue mala suerte.
- Pues bien que le ha acertado a la mala suerte – Josefa le torció la boca mientras acomodaba la ropa en el armario. – Ya cálmate, Heriberto. Seguro que no volverán.
Heriberto sonrió, sólo por fuera.
Eran las cuatro de la mañana y Heriberto seguía con los ojos abiertos. La noche estaba húmeda por las lluvias que estaban azotando la ciudad vecina, y ni la desnudez le aliviaba el sopor. Quitó la mano de Josefa que le oprimía el vientre y se levantó a beber un vaso de agua y, al mismo tiempo, a ver por la ventana que daba al jardín.
Repasó lo que tantos días antes había visto con temor. Las siluetas grisáceas que corrían huidizas por entre las paredes, entre las tuberías de agua, entre las luces de las casas de atrás que jamás permitían que se les vieran los ojos. Sintió que la piel se le enchinaba al recordar cuando vio a ambas figuras rascando la ventana, olisqueando, poniéndole los ojos en el cuerpo, ¿en verdad habían huido? Tal vez sí, pero el temor no. Ese le seguía en los vellos erizados y en el cuerpo con escalofríos. Dos relámpagos y vio la sombra del almendro moverse y caminar tres pasos. Después el ulular y un cuervo que voló presagiando tragedia. Heriberto cerró los ojos y se apretó los nudillos de la mano con la boca. Tragó saliva y lentamente caminó hasta el apagador del jardín, tratando de sorprender aquellos cuerpos del mal que intentaban apropiarse de su casa, de su cuerpo. La luz alumbró el jardincito y al almendro que no amenazaba más que con mover las ramas. Nada. Apenas el ulular ligero. Recordó las palabras de Eduviges según Josefa: "Se han ido. No volverán". Y en su reticente pavor, corrió por los periódicos de ayer para tapar firmemente los huequitos de las ventanas corredizas, los quicios de la puerta.
Se fue a la cama sin apagar la luz del jardín que con algún reflejo le impedían cerrar los ojos. No importaba, el mismo pensar no lo dejaba dormir. Se acurrucó en el cuerpo de su mujer para sacarse el frío que le corría por la piel mientras ella se daba la vuelta para evadir las luces del patio. No quiso decirle nada, ni que no podía dormir, ni que seguía pensando en ellas. Él mismo no quería ya decírselo.
- ¿Sigues con el miedo? – su mujer sentía la pesadez del pavor y los temblores de cuando en cuando de Heriberto.
- ¿Se me nota?
- Un bastante. Hubieras hecho lo propio para acabar con ellas en su momento. Ahora mismo te diría que salieras al jardín a ponerles un cuatro, pero no hay para qué. Eduviges lo hizo anoche.
- Sabes que con ellas afuera no saldría al jardín.
- ¿Y quién te dice que no las encontrarás en la puerta de enfrente, en la cocina, en el baño?, ¿sabías que pueden entrar por el baño? Las coladeras son grandes.
- ¡Cállate, mujer, cállate! – Heriberto imaginó el baño y un encuentro con ambas siluetas grandes y fuertes, llenas de maloliente piel y afiladas garras; él atrapado en la regadera, sin poder evitar que entrasen a la tina y le acariciaran los pies, le pasaran la lengua por los dedos y le mostraran los afilados pares de frontales mientras se le colgaban de las piernas, y cada vez más cerca de su cara, y más cerca, y las largas colas aferradas a los tobillos – ¡No no no no, mujer, no! – Heriberto no pudo evitar taparse con las sábanas ni respirar con dificultad.
- Tranquilo, hombre, que no volverán – lo abrazó su mujer mientras, como un chirriar, escuchó los sollozos de Heriberto, y jamás pudo ver el paso fugaz de las frondosas siluetas que por un momento intentaron entrar por la ventana.
El almendro lucía hermoso con el rocío que le había dejado la lluvia matinal. El aroma a tierra mojada, el sol fugado en la ventana, el trinar de las aves, obligaron a Heriberto a abrir los ojos. Recorrió la cama con la mano y no encontró a su mujer. Seguro de que eran más de las nueve, se levantó adormilado y miró el jardín, que distaba mucho del de anoche. Éste era seguro y nada tétrico. Si bien los triques de una esquina le daban un toque de abandono, Heriberto sintió que podía salir un momento a recorrerlo.
- No volverán – se dijo. Salió de la habitación y se dirigió a la puerta metálica que daba al jardín. Lo contempló un momento por la ventana de la puerta, y dando un suspiro envalentonado, la abrió. Un brisa perfumada y silvestre le pegó en la cara y le hizo ganar confianza para seguir adelante. Apenas puso un pie en el adoquín cuando Josefa entró corriendo a la casa, gritando.
- ¡Heriberto!, ¡las han atrapado!, ¡son dos, gordas y grandes!
Heriberto volteó a ver a su mujer para sonreirle exitosamente mientras regresaba el cuerpo dentro de la casa. De reojo le pareció ver que la bicicleta oxidada en la esquina del jardín se había movido. Seguro el viento. Salió con Josefa de la mano sin importar la puerta de la cocina, y ambos llegaron a un rincón de la casa de Eduviges, donde niños y vecinos atestiguaban el hallazgo.
- Se los dije, no volverían, y si volvían, les pasaría esto – y Eduviges sonreía mientras se frotaba las manos llenas de anillos de figuras esotéricas. Heriberto asintió mientras fue apartando uno a uno a los mirones y escudriñó con cierto asco y pavor los cuerpos parduzcos que yacían a la sombra de un frondoso árbol de limón. Los vientres estaban inflados por la ingesta del tomate preparado con veneno que les puso Eduviges en un hueco, justo donde ella sabía que era ruta habitual de escape. Heriberto empezó a sudar frío, a sentir temblores cuando recordó esas sombras regordetas y peludas intentando entrar por la ventana. Se tapó el rostro con las manos mojadas por el sudor, el cuerpo lánguido, la cara pálida, todo se le vino justo en el momento en que descubrió que ésas no eran.
De entre los fierros arrinconados del jardín, dos figuras siniestras e inmensas retaron a la luz del sol al salir lenta y bizarramente rumbo a la puerta del jardín. Estaba abierta, desguarnecida, sin trampa alguna. Entraron en las sombras que tanto adoraban y se dirigieron a la habitación de Heriberto; escudriñaron la ventana que tantas veces habían olisqueado desde afuera, y de inmediato reconocieron ese aroma a pavor que tanto las excitaba. En la cama había más. Se metieron entre las sábanas, jugaron en ellas hasta que se cansaron de morderse las orejas. En algún momento la excitación fue tan grande que se orinaron en las almohadas. Ambos cuerpos tibios dejaron de roer, de chillar, y se concentraron en ese humor delgado que flotaba en la cama. En esa fragancia a miedo que no se diluía y que, a cada paso de Heriberto rumbo a la habitación, se avivaba.
Querido Gabriel
ResponderEliminar¡Felicidades! Tienes un espacio que se poblará poco a poco de tu imaginación, creatividad, maestría y magia. Tus cuentos y poesía, además de poseer gran calidad, tienen una marca personalísima e inconfundible.
Estoy contentísima porque decidiste llegar al Blog. Te seguiré muy de cerca, eso no lo dudes. Ya me quedé como seguidora; quiero leer todo lo que publiques, ver tus maravillosas imágenes, tus diseños y saber que ahí estás..., creando y dándonos tu genialidad al escribir, al ser tú.
¡Bienvenido a la Comunidad Bloguera! Yo he ido aprendiendo a añadir Widgets, dar colores nuevos, formas y hasta he aprendido un poco del código de HTML =) Para ti esto es pan comido, así que seré testigo de cómo va evolucionando la imagen de tu Blog.
Pues hagamos fiesta. Hay muchos motivos para tener una celebración majestuosa.
Con mucho cariño y admiración, un beso para ustedes.
Guadalupe. oxoxoxox
Querida Lupita, Mil gracias por tu presencia, tu buen augurio.
ResponderEliminarGracias por el cariño con que nos arropas a este blog, a mí y a mi leona.
Te sigo los pasos, y lo sabes.
Gracias