domingo 11 de octubre de 2009

El Abuelo

La torre del telégrafo es la montaña más alta de mi pueblo, San Benito Triste. ‘Los Benos Tristes’, nos dicen en burla los de San Benito Alegre.

Yo como golosinas todas las tardes en la tienda del abuelo. El abuelo sabe, pero hace como que no se da cuenta. Mientras yo busco el dulce, él corta tomates rojos y les echa mucho jugo de limón para que comamos mientras los petroleros llegan a comprar carnada.

Un cuchillo es una historia. Así es el abuelo. Cuando toma el cuchillo, ya sé que va a cortar dos tomates, y luego, a contarme una historia.

El abuelo ha viajado por todos lados. Ha visto fantasmas y peleado con cocodrilos. El otro día, en la clase de geografía, la maestra dijo que en nuestra playa no hay cocodrilos. Yo me enojé montones y le dije que no era cierto, que mi abuelo peleó con uno y le sacó los dientes. Claro, los dientes los vendió y con eso compró la tienda. Todos se rieron. Todos. Hasta el conserje Domitilo. Pero cuando les grité que ellos no tenían abuelo, todos se quedaron callados, como conejos tristes.

- ¿Sabes pescar? - me preguntó Lauro el otro día en el patio de la escuela. - Claro que sí - le dije. He ido con el abuelo a pescar bagres y lisas. Soy muy buen pescador. Mientras el abuelo y Tomás lanzaban las tarrayas, yo enrollaba el sedal en las botellitas de vidrio que servían como cañas. - Son más livianas, Lauro - le dije. - Cuando le das vuelo al sedal con todo y anzuelo, nada más lo sueltas y casi lo llegas hasta los barcos que andan allá lejos, en lo más azul - Lauro no me creyó. En sus lentes me di cuenta que me miraba como si fuera un mentiroso, pero no me importó. Yo soy un buen pescador. Me lo dijo el abuelo. Esa vez yo pescaba muy bien los bagres, sobre todo cuando él los había sacado del agua. Ya después los cortaba en cachos grandes los grises y en cachos chicos los blancos.
Tomás pescó una manta raya. Era muy grande, la más grande que yo había visto. Si me la pusiera en el pecho me lo taparía completamente. En la cola tenía un huesote filoso que, me dijo el abuelo, si te lo enterraba en el dedo no te lo podían sacar a menos que te mocharan la mano. Yo nada más la vi, y cuando la echaron viva al bote con un poco de agua, me arrinconé en la camioneta y no dejé de vigilarla todo el camino. No quería que con un brinco de la camionetita saliera el hueso y me picara. Al llegar a casa, el abuelo me dijo que había sido un buen pescador, y me dio dos dulces de los caros, de los que tiene a un lado del mostrador para que nadie se los robe. Me puse tan contento que cuando llegué a la casa, le di a mi mamá un beso sin importarme que estuviera maquillada ni que el señor diferente estuviera cantando en nuestro baño.

Nunca me he escapado. Lo iba a hacer la otra noche, pero me acordé del fantasma asesino con el que peleó el abuelo cuando era joven.
Melquíades, dijo mi abuelo que así se llamaba el fantasma. Que era grande como un árbol de encino viejo, con colmillos filosos y ojos pardos. El abuelo dice que peleó con él donde ahora está mi ventana. Por eso no me escapo. A veces lo oigo. Siento cuando el viento toca el vidrio y lo rasguña. Parece que son las ramas del encino junto a la casa. Pero es Melquíades.

Tengo una novia. Se llama Lupita. Cuando salimos de la escuela nos vamos para atrás de la tienda y nos damos besos. Ella no sabe besar. Ella dice que yo no sé besar. Pero ella siempre besa con los ojos abiertos. Mi abuelo la conoce. Sabe que es mi novia. No se lo he dicho, pero él lo sabe. A veces parece saberlo todo. Cuando Lupita va a la tienda, el abuelo no le cobra ningún dulce que ella lleve, y siempre le regala dos dulces de los más caros, pero nunca puedo quitárselos, porque ella nunca cierra los ojos cuando la beso.

Todas las noches son tristes en San Benito Triste. Todos dicen que es porque así se llama el pueblo, San Benito Triste. Pero no creo eso. Yo más bien digo que es porque soy el único en el pueblo que tiene abuelo, y cuando se los digo a todos, ellos se callan y se ponen como conejos tristes, a pensar por qué.


Gabriel Silva R.©

Robin Hood mexicano.

El gobierno federal está impulsando la creación de impuestos que ayuden a la recaudación de fondos para programas sociales enfocados a los grupos más pobres del país. Bueno, eso dice la propaganda. Y recuerdo a Robin Hood. Hace mucho tiempo, en algún programa de comedia, había un sketch donde Robin Hood asaltaba a un grupo de personas en medio del bosque. Al asaltarlos, el ladrón lanzaba su famosa frase: “!Hola, Soy Robin Hood, le quito el dinero a los ricos para dárselos a los pobres!”
Pues bien, al despojar del dinero a los asaltados, uno de ellos exclamaba “!Ahora soy pobre!”, por lo que Robin Hood, respetando su misma frase, devolvía el dinero al ahora afortunado. Lengua traicionera, el hombre no pudo evitar por la emoción de verse recuperado, el decir “!Ya no soy pobre!”, por lo que, Robin exclamó, confirmando el circulo vicioso, “Hola, Soy Robin Hood, le quito el dinero a los ricos para dárselos a los pobres!”, despojando nuevamente al hombre.

Así estamos todos de jodidos. Soy un creyente del gobierno actual en su lucha contra la delincuencia organizada, pero no en el proyecto económico. No podemos crear más impuestos para aquellos que siempre los han pagado, y creer que así se puede ayudar a los pobres. No. La consecuencia natural de este modelo es la fabricación de nuevos pobres, o por decirlo de otra forma, de más jodidos.

Uno de los tantos problemas financieros del país es la falta de recaudación. He ahí el meollo del asunto. No se necesitan más impuestos, sino que se paguen los actuales por aquellos que no los pagan.

¿Dónde están los impuestos del comercio informal? ¿Dónde están los impuestos de los burócratas?

El modelo económico debe de cambiar hacia la justicia, no hacia las cantidades. No puede ser posible que los impuestos de los diputados los pague la propia cámara de diputados, de manera que el personal no se vea afectado en sus percepciones.

¿Ven a lo que me refiero? No faltan impuestos, falta honradez. Se necesita que la clase política aprenda a sumar dos más dos, que aprenda que robar es malo, que dormir en sus curules no es trabajar, que abusar de sus posiciones no es patriótico, que prometer en temporadas de elecciones para ganar un escaño, y después olvidar y no cumplir es joder al pueblo.

Estoy también seguro de que muchas responsabilidades de la situación actual del país no son solo del gobierno, sino de la ciudadanía en general. Pero si el gobierno quiere aferrarse en crear Robin Hood’s, y no en alimentar la honestidad de los ciudadanos en las escuelas, en los próximos años veremos propuestas de crear nuevos impuestos para ayudar a los más más pobres, porque lo otro no alcanzo.

Pero en fin, esperemos a ver qué sucede, pero ya les digo, necesitamos honradez. Por eso le pido algo, no haga transas, pague siempre lo justo cuando compre algo, no se pase en rojo los semáforos, no se haga el abusivo en las filas del mercado y se brinque lugares, y créame, a medida de que seamos un pueblo más honesto, tendremos un mejor porvenir. Feliz Lunes.

Aquí seguimos, y Felicidades Nena.

Que no panda el cúnico, pues a pesar del lento movimiento, este blog no está abandonado.

Pero es cierto, qué difícil es mantener actualizado uno de estos sitios personales cuando se trabaja, y llegas a casa y sólo quieres olvidarte que trabajas.

Este sitio debería de darme el espacio para eso, para olvidarme del trabajo. Y me lo brinda, pero también tenemos otras actividades que cubrir.

Pero no pasa nada, insisto, sólo pongo esta entrada para dejar constancia de que el sitio late, aunque lentamente, pero late.

Estoy seguro que pronto tomará mayor ritmo. Pero bueno, aprovechando que salimos del letargo, felicitamos a Nena, mi prima, por su cumpleaños a celebrar el día de mañana.
Que la pases bomba, feliz y alegre. Que pronto realices tu sueño profesional, para seguirte encontrándote en las páginas del periódico.

¡Felicidades!

martes 22 de septiembre de 2009

Presagio

Porque vi tu cuerpo esfumarse en el viento
y escuché un piano llorar miles presagios.

Porque vi los cuervos pasear sin el abrigo
nostálgico y mortuorio de sus miradas lejanas.

Porque te busqué por todos lados
Y el sol nunca callaba.

Y cuando parecía que lo peor había pasado
que más tristeza no existía,
surgió en un grito estrellado,
la noche sin ti.

lunes 21 de septiembre de 2009

Y entonces quise ser escritor.



Escribir, y ser escritor, no es lo mismo. Quiero que no se malentienda este concepto. Si queremos ser puristas, entes que todo lo entendemos literalmente, por supuesto que mi precepto es una idiotez. Pero les vendo otra idea, algo más profundo si se quiere.

Empecé en los foros literarios de Internet por el año de 1999. La rima era en ese momento mi impulso, la forma en que entendía la poesía. ¿Y por qué escribir poesía? Simple, era la forma en que intentaba sacar mis demonios de aquel amor de juventud. Al poco tiempo encontré a Sabines y pude entender que poesía y rima no eran sinónimos. Gracias a Sabines, y a sus ‘Los Amorosos’ entré en la prosa poética, entendiendo, por supuesto, mis deficiencias.

Pero en el 2000 todo dio un giro. En el foro de poesía.com, leí a una mujer con un nick que de inmediato infundía misterio: Simetha. El nick era sólo una parte del misterio, porque entonces leí sus poemas, y ahí supe que los poemas pueden tener aromas frutales y jugos florales.

El impacto fue aún más grande cuando leí sus comentarios. Elegante, precisa, inteligente, respetuosa, simpática... distinta. Ella se distinguía del resto como una rosa en medio de un valle de mezquites. Así de simple. Sentía al leer sus comentarios, como si la estuviera viendo: En una sala de lectura, todos nos peleábamos por escribir con el impulso de un latido. Todos mal vestidos, arrugados, bebiéndonos el café de un sólo sorbo. Después llegaba ella y el humo del cigarro no se atrevía a tocarla, le sacaba la vuelta a su chal turquesa temiendo empañar su imagen. En medio de la sala, con guantes de seda en las manos, un gorro de noche que ocultaba su mirada, y en la boca sus labios frondosos y húmedos como ningunos, todos esperaban(deseaban) que dijera algo. Y ella decía, cordialmente (en Trebuchet MS 10), que era una lindura eterna la estrofa, pero que tal vez, después de dejar reposar la estrofa, encontraríamos que el impulso se nos fue de las manos para convertirse en un tornado incontrolable. Entonces algunos arrojaban un ¡Ah! (suspiro-gemido-orgásmico), y otros se desmayaban. Yo no podía entender que una forista que se asumía como una más del grupo fuera tan distinta al resto. Me acerqué lo más que pude a sus letras, y encontré su ‘Llanto en Llamas’. Cuando terminé de leerlo me dije que no quería ser un forista querido, ni admirado, ni leído 350,000 veces, ni comentado 800,000 veces en un foro. Simplemente quise ser un escritor de verdad. Ser alguien como Simetha, que creaba un mundo alrededor de lo que escribía. Que pudiera provocar ese ahogo infinito en una frase triste, un golpe en el pecho ante una escena desgarradora, o una sonrisa íntima ante la frase chispeante.

Durante mucho tiempo vagué literariamente de la mano de Simetha, como única y verdadera guía literaria, como amiga fiel en mil batallas. Ella lo sabe. Sabe que siempre ha tenido mi cariño, mi admiración, mi mejor ánimo, y gran parte de mi corazón.

En algunos momentos nos hemos perdido uno del otro, por tonterías, por naturaleza, por que ha sido necesario. Pero las estrellas de mar siempre miran hacia el cielo, y siempre anhelan el mar. Por eso llegar a Simetha siempre es volver a casa.

Gran parte de la razón de abrir este blog es no encontrar un lugar donde expresarme, y al mismo tiempo, un lugar donde pueda decir que Simetha, mi querida amiga Guadalupe Mayorga Ríos, es una escritora excepcional, exquisita, adorable, entrañable. Puedo decir también que a veces me apena leer a infinidad de foristas que se han convertido en ‘escritores profesionales’, al conseguir el aval de una editorial para imprimir sus trabajos, pero no encontrar en éstos la calidad que he visto mil veces en el trabajo de Simetha, una mujer que ha debido publicar su primer compendio de cuentos hace años. Algunos podrán cuestionar mi ojo crítico, mi forma de calificar la calidad literaria, y sin embargo, Simetha publicará en poco tiempo un compendio fantástico que golpeará a más de uno en el pecho, que le hará sentir rabia y envidia de no haber escrito eso que se ha leído, y que hará que alguien más diga: “Simplemente quiero ser un escritor de verdad, tal como ella”.

domingo 20 de septiembre de 2009

La Casa Tomada



- Entonces, ¿Así fue? – preguntó angustiado Heriberto.

- Así como me lo contó Eduviges te lo cuento – y Heriberto acabó de chupar el último pedacito que le quedaba de cigarro mientras Josefa le terminaba de platicar.

El hombre caminó de un lado a otro por el pequeño cuarto. En momentos se detenía para ver por la ventana que daba a un jardín que tenía un poco de pasto, un árbol de almendro, algunos truenos a medio crecer rodeados de flores silvestres y un rincón lleno de chatarras.

- Es que es difícil. Si yo te digo que las he visto pasar corriendo, y a veces hasta merodear sin miedo. No no, lo de Eduviges está mal.

- Eduviges dijo lo que dijo. Ella las vio anoche huyendo despavoridas. Ella dice que no volverán.

- ¿Y cómo las ha visto, eh?

- Desde su cuarto, arriba. Hay rendijas entre las uniones de su casa y la nuestra. Y mejor todavía ¿cuándo te ha dicho mentiras, Heri? ¿no fue cierto cuando te leyó las cartas y te dijo que perderías el trabajo?

- Sí, fue cierto, pero tal vez fue mala suerte.

- Pues bien que le ha acertado a la mala suerte – Josefa le torció la boca mientras acomodaba la ropa en el armario. – Ya cálmate, Heriberto. Seguro que no volverán.

Heriberto sonrió, sólo por fuera.


Eran las cuatro de la mañana y Heriberto seguía con los ojos abiertos. La noche estaba húmeda por las lluvias que estaban azotando la ciudad vecina, y ni la desnudez le aliviaba el sopor. Quitó la mano de Josefa que le oprimía el vientre y se levantó a beber un vaso de agua y, al mismo tiempo, a ver por la ventana que daba al jardín.

Repasó lo que tantos días antes había visto con temor. Las siluetas grisáceas que corrían huidizas por entre las paredes, entre las tuberías de agua, entre las luces de las casas de atrás que jamás permitían que se les vieran los ojos. Sintió que la piel se le enchinaba al recordar cuando vio a ambas figuras rascando la ventana, olisqueando, poniéndole los ojos en el cuerpo, ¿en verdad habían huido? Tal vez sí, pero el temor no. Ese le seguía en los vellos erizados y en el cuerpo con escalofríos. Dos relámpagos y vio la sombra del almendro moverse y caminar tres pasos. Después el ulular y un cuervo que voló presagiando tragedia. Heriberto cerró los ojos y se apretó los nudillos de la mano con la boca. Tragó saliva y lentamente caminó hasta el apagador del jardín, tratando de sorprender aquellos cuerpos del mal que intentaban apropiarse de su casa, de su cuerpo. La luz alumbró el jardincito y al almendro que no amenazaba más que con mover las ramas. Nada. Apenas el ulular ligero. Recordó las palabras de Eduviges según Josefa: "Se han ido. No volverán". Y en su reticente pavor, corrió por los periódicos de ayer para tapar firmemente los huequitos de las ventanas corredizas, los quicios de la puerta.

Se fue a la cama sin apagar la luz del jardín que con algún reflejo le impedían cerrar los ojos. No importaba, el mismo pensar no lo dejaba dormir. Se acurrucó en el cuerpo de su mujer para sacarse el frío que le corría por la piel mientras ella se daba la vuelta para evadir las luces del patio. No quiso decirle nada, ni que no podía dormir, ni que seguía pensando en ellas. Él mismo no quería ya decírselo.

- ¿Sigues con el miedo? – su mujer sentía la pesadez del pavor y los temblores de cuando en cuando de Heriberto.

- ¿Se me nota?

- Un bastante. Hubieras hecho lo propio para acabar con ellas en su momento. Ahora mismo te diría que salieras al jardín a ponerles un cuatro, pero no hay para qué. Eduviges lo hizo anoche.

- Sabes que con ellas afuera no saldría al jardín.

- ¿Y quién te dice que no las encontrarás en la puerta de enfrente, en la cocina, en el baño?, ¿sabías que pueden entrar por el baño? Las coladeras son grandes.

- ¡Cállate, mujer, cállate! – Heriberto imaginó el baño y un encuentro con ambas siluetas grandes y fuertes, llenas de maloliente piel y afiladas garras; él atrapado en la regadera, sin poder evitar que entrasen a la tina y le acariciaran los pies, le pasaran la lengua por los dedos y le mostraran los afilados pares de frontales mientras se le colgaban de las piernas, y cada vez más cerca de su cara, y más cerca, y las largas colas aferradas a los tobillos – ¡No no no no, mujer, no! – Heriberto no pudo evitar taparse con las sábanas ni respirar con dificultad.

- Tranquilo, hombre, que no volverán – lo abrazó su mujer mientras, como un chirriar, escuchó los sollozos de Heriberto, y jamás pudo ver el paso fugaz de las frondosas siluetas que por un momento intentaron entrar por la ventana.


El almendro lucía hermoso con el rocío que le había dejado la lluvia matinal. El aroma a tierra mojada, el sol fugado en la ventana, el trinar de las aves, obligaron a Heriberto a abrir los ojos. Recorrió la cama con la mano y no encontró a su mujer. Seguro de que eran más de las nueve, se levantó adormilado y miró el jardín, que distaba mucho del de anoche. Éste era seguro y nada tétrico. Si bien los triques de una esquina le daban un toque de abandono, Heriberto sintió que podía salir un momento a recorrerlo.

- No volverán – se dijo. Salió de la habitación y se dirigió a la puerta metálica que daba al jardín. Lo contempló un momento por la ventana de la puerta, y dando un suspiro envalentonado, la abrió. Un brisa perfumada y silvestre le pegó en la cara y le hizo ganar confianza para seguir adelante. Apenas puso un pie en el adoquín cuando Josefa entró corriendo a la casa, gritando.

- ¡Heriberto!, ¡las han atrapado!, ¡son dos, gordas y grandes!

Heriberto volteó a ver a su mujer para sonreirle exitosamente mientras regresaba el cuerpo dentro de la casa. De reojo le pareció ver que la bicicleta oxidada en la esquina del jardín se había movido. Seguro el viento. Salió con Josefa de la mano sin importar la puerta de la cocina, y ambos llegaron a un rincón de la casa de Eduviges, donde niños y vecinos atestiguaban el hallazgo.

- Se los dije, no volverían, y si volvían, les pasaría esto – y Eduviges sonreía mientras se frotaba las manos llenas de anillos de figuras esotéricas. Heriberto asintió mientras fue apartando uno a uno a los mirones y escudriñó con cierto asco y pavor los cuerpos parduzcos que yacían a la sombra de un frondoso árbol de limón. Los vientres estaban inflados por la ingesta del tomate preparado con veneno que les puso Eduviges en un hueco, justo donde ella sabía que era ruta habitual de escape. Heriberto empezó a sudar frío, a sentir temblores cuando recordó esas sombras regordetas y peludas intentando entrar por la ventana. Se tapó el rostro con las manos mojadas por el sudor, el cuerpo lánguido, la cara pálida, todo se le vino justo en el momento en que descubrió que ésas no eran.


De entre los fierros arrinconados del jardín, dos figuras siniestras e inmensas retaron a la luz del sol al salir lenta y bizarramente rumbo a la puerta del jardín. Estaba abierta, desguarnecida, sin trampa alguna. Entraron en las sombras que tanto adoraban y se dirigieron a la habitación de Heriberto; escudriñaron la ventana que tantas veces habían olisqueado desde afuera, y de inmediato reconocieron ese aroma a pavor que tanto las excitaba. En la cama había más. Se metieron entre las sábanas, jugaron en ellas hasta que se cansaron de morderse las orejas. En algún momento la excitación fue tan grande que se orinaron en las almohadas. Ambos cuerpos tibios dejaron de roer, de chillar, y se concentraron en ese humor delgado que flotaba en la cama. En esa fragancia a miedo que no se diluía y que, a cada paso de Heriberto rumbo a la habitación, se avivaba.

Gabriel Silva R.©

2012. Y ahora, ¿Quién podrá ayudarme?

Estamos en la cúspide de la incertidumbre. Parece que se volverá una costumbre encontrar más a menudo personas que hablan directamente con Dios, y que eso les ha dado el derecho de secuestrar aviones con botes de jugos, o bien, de convertir una tarde de viernes en el metro en una tarde de muerte.

Parecería que las personas se están acercando más a Dios, volviéndose más agudas a los "mensajes divinos". Todo esto ha de ser, sencillamente, el pavor de la llegada del 2012. Un año ya marcado y difundido por todos los medios electrónicos como el año del fin. El año del fin, tal como lo fue el año 1000, 1997, 1999, 2000, y otros tantos.

Quién sabe qué tendrá el 2012 que está causando estos actos desesperados. Unos dicen que es porque viene un meteoro a chocar con nosotros; otros dicen que son las pestes, que el virus H1N1 es prueba de ello. No lo sabemos a ciencia cierta, pero es un hecho que hasta canales televisivos basados en la ciencia y el estudio le están prestando mucha atención.

No sé si la atención prestada ayude o malgaste, informe o infunda calma, o más miedo. Y ahí la sensación de no saber a dónde vamos.

En el mismo tenor encuentro en las calles de mi ciudad el pavor a chocar con otro carro porque no sé si es de la mafia organizada, y me irá peor que chocar con cualquier otra persona. Por supuesto, no importaría si yo no tengo la culpa del accidente.

La cuestión del trabajo no es mejor. Incertidumbre a que te corran, a no encontrar un nuevo trabajo, o miedo a que no te corran y seguir trabajando en algo que ya te fastidió.

El calor se siente más abrasador que hace unos años. Las lluvias no llegan, y cuando llegan, causan muertes(no pidas algo porque se te puede cumplir). Los glaciares se derriten, los compatriotas mexicanos que se fueron de braseros a Estados Unidos mejor se están regresando, ya no hay cantos de chicharras en las enramadas, vas a pescar y no pescas más que botas, juegas a los volados contigo mismo y siempre pierdes.

Sin embargo todavía existen algunos rastros de esperanza en la sonrisa de mi esposa, en el tibio abrazo de mis padres, en el sueño de un paseo en bicicleta por el Parque Fundidora con los hijos, o en el viento fresco de la playa.

Ahí es cuando me animo a verme en el espejo; a sonreirme para prepararme a un lunes que está envuelto en el presagio del 2012. Algo resplandece en mi pelo. Algo brillante y plateado como una daga del tiempo. Algunos llorarían ante su primera cana. Mejor no. Es la primera gota de experiencia que se me prende. No es vejez, es haber vivido. No es desgaste, es tener que haber aprendido algo en 30 años. El 2012 llegará como han llegado los otros años, y pasará como han pasado los otros. En el 2012 habrán catástrofes y muerte y cosas terribles, como han habido en otros tiempos. Pero habrán también alegrías, días de arco iris, de paz profunda, de juegos artificiales. Que venga el 2012 cargado con sus sorpresas. Que venga para que el hombre aprenda de ellas, y aprenda de sí mismo. Que nadie se anticipe a vender sus propiedades ni a rifar su cuerpo ante el no confirmado Apocalipsis. Que pase todo poco a poco. Que aquellos que reciban "mensajes divinos" los corroboren veinte veces antes de transmitirlos. Que aquel que quiera decir algo, por Dios, que nos avise en la televisión o en los periódicos sin atentar contra los demás(No es costumbre de Dios el abuso que el hombre practica). Así entonces podremos escucharlos, cavilar sus mensajes, y no definir a estos “mensajeros” como “otro loco que mató a alguien sin ningún sentido”. Con este ansiado porvenir, bueno, malo o regular, iniciamos este blog. Un blog A Campo Abierto, para jugar a escribir, donde ni yo mismo me puedo traicionar. Soy Gabriel Silva. Léeme y dame tus opiniones si así lo quieres. Gracias.