Un Recuerdo
Un Recuerdo© Gabriel Silva
Jovita se asustó y lloró sólo al principio. Los brazos viejos se le cansaron por sostener apenas diez minutos la cabeza canosa de Gregorio, y tuvo entonces que dejarla reposar sobre el almohadón de funda tejida.
Después
del susto, de secarse las lágrimas y limpiarse la nariz, sintió los piquetes en
el pecho que –a veces sentía- el doctor Mireles le había dicho eran, con
seguridad, micro infartos. Jovita no fue por las pastillitas naranjas que se
ponen debajo de la lengua ni por el vaso con agua.
– Al carajo – dijo. – Que
me lleve la chingada si es tiempo - y con un constante punzar en el pecho,
empezó a buscar la ropa que le pondría a Gregorio.
Abrió el armario del
viejo, aquél que le había prohibido abrir por ser sólo de él; buscó entre la
ropa colgada algo apropiado y que no fuera la camisa de rayas azules, el
pantalón gris y los zapatos negros con campanitas en el frente, con los que
siempre iba al palacio municipal por su pensión. Buscó también, con las manos
adoloridas por la artritis, una camisa que ponerle. Casi tres minutos tardó en
decidirse por una camisa blanca de algodón, más apropiada para enero que para
julio, pero no importaba:
- Los viejos siempre
tenemos tanto frío que hasta en agosto dormimos con cobija – decía Gregorio.
Le puso la camisa y, con
la pasmosidad de los años, le abrochó los botones que se le perdían entre los
dedos que le temblaban como si fueran a galope. Había decidido que con esa
camisa blanca, no había un pantalón que le quedara más lindo al ‘Zurdo’ -como
le decían a Gregorio de joven- que ese pantalón oscuro y de pinzas, muy
parecido a uno de gamuza que él vestía cuando lo conoció sesenta y cinco años
atrás. Un pantalón color arena que armonizaba con los viejos tiempos. Aquellos
tiempos de boleros en la zona rosa, del cabaret humeante, y del moreno y dulce
canto de ‘Toña La Negra’ en la radio.
Entonces Jovita dejó el
pantalón a un lado de la cama, para sacar de su armario, del que sí era de
ella, el álbum fotográfico de la familia; con nostalgia miró cada una de las
fotografías. Aquí donde estaban juntos en el ‘Cocotero Dancing Club’. Él,
elegantemente vestido de traje oscuro, de bigote espeso y cuidado; ella
esbelta, de falda a la rodilla y embarrada en las caderas. Después las fotos de
la boda en San Andrés, la luna de miel en el Acapulco de antaño, cuando el agua
de la orilla no se veía achocolatada, y las conchitas de mar se encontraban con
facilidad. Llegó hasta las fotos de los hijos, Marcela y Pedro. Por un momento
los ojos se le arrasaron de lágrimas, pero pudo contenerse; incluso pudo
aguantar el piquete inmenso en el pecho y que la hizo gemir un poco. Pero
Jovita siguió rememorando cada instante lejano, cada acción remitida. Quiso
castigarse un instante pensando en Pedro, que no había ido a verla desde hacía
dos años por el trabajo; y de Marcela, muerta y enterrada en Cancún desde
hacía quince.
Después de las fotos de
Pedro en la universidad, el álbum estaba lleno de espacios vacíos. Alguna
fotografía aparecía como la gota extraviada de una lluvia que cae en una ciudad
cercana. Y en esas, las arrugas más evidentes. Aún así, Jovita se preguntaba y
buscaba entre ellas el momento exacto en que se había hecho vieja junto con su
‘Goyo’. Volteó hacia la cama, y ahí estaba él, tranquilo, callado como cuando
leía el periódico y sólo gritaba encanijado cuando sus pinches chivas habían
perdido, o de júbilo si su rebaño sagrado había ganado en el último minuto. Ahí
estaba él, ausente y no. Como antes, como ayer mismo cuando compartían el
desayuno, la sala, el comedor, la recámara y la cama. Como cuando compartían la
hora de dormir, mas no el sueño. A Jovita se le quitó un poco la nostalgia al
recordar que, a pesar de que dormían juntos, cada cual lo hacía mirando hacia
otro lado, y hacía mucho tiempo habían perdido la intención de calentarle los
pies al otro.
Cerró el álbum, y con
esfuerzos terminó de cambiarle el pantalón a Gregorio, sus calcetines con
agujeros, y de ponerle unos zapatos bostonianos negros, sin campanitas en el
frente.
Fue por
los cirios que tenía guardados para cuando se iba la luz, y puso uno en cada
esquina de la cama, sobre platitos de aluminio, circundando los cirios con
agua. Apagó las luces y, sentada a un lado de su marido, le tomó las manos
heladas. Le rezó siete ‘Padres Nuestros’, tres ‘Aves Marías’, dos ‘Credos’, un
‘Gloria a ti, Señor’. Un ‘Espérame Pronto’ fue lo último que dijo antes del
Amén. Se quedó mirando fija la cara de Gregorio, y lo vio joven y hermoso como
antes, como cuando lo amaba y extrañaba en esas noches en que se le iba de la
casa, y le regresaba con labios pintados en las mejillas. Se le quedó mirando
como si quisiera reprocharle algo. Quiso reclamarle tanto, decirle del odio de
sentirse sola todos estos últimos años, aun y con él caminando por la casa. Y
no pudo. Apenas pensó en un ‘Te quiero’, pero fue un ‘Te perdono’ lo que salió
de su boca; Un perdón sincero, tibio, que le provocó a Jovita una lágrima que
le llegó hasta sus labios delgados y cenizos.
Le besó
la frente al viejo, justo donde se hace la cruz al persignarse. Jovita fue
hasta la mesa donde habían cenado la noche anterior. Tomó el vaso donde le había
servido la leche a su marido en la cena, y lo lavó hasta tres veces para
quitarle ese aroma y saborcito raro que Gregorio le había encontrado a la leche
cuando la bebió.
– Se ha
de estar agriando. Ya tómala, Goyo, y no reniegues – había dicho Jovita, y Goyo
se calló, la bebió toda y prefirió no discutir con su mujer, porque entonces no
lo dejaría ver a gusto el noticiario. Después de la cena, Gregorio sintió el
estómago revuelto y uno que otro mareo y, sin decirle palabra a Jovita –como
siempre-, se fue a la cama sin ver la televisión. Jovita sí miró las noticias.
Escuchó de la joven que había demandado a su marido por golpearla. Jovita se
miró las manos temblorosas, y el dedo meñique de la mano izquierda, doblado y
que miraba hacia fuera por aquel zapatazo que Gregorio le había dado alguna vez
cuando llegó embriagado. Esbozó una sonrisa por la noticia, y por pensar
cuántas demandas hubiera tenido que hacerle al buena gente de Gregorio. Todo corazón,
decían sus amigos.
Jovita Puso el vaso bien
lavado en el trastero, y entonces sacó de su armario la botellita azul que
compró en una farmacia del centro y que tenía una nota de alta toxicidad. Se
dirigió hasta el lavabo, abrió el grifo, y el chorro de agua cayó frío; derramó
el líquido que quedaba en la botellita sobre el chorro, y alejó un poco la
cabeza al sentir el aroma dulzón del que se había quejado su marido la noche
anterior.
Tomó el paño blanco con
el que limpiaba la mesa de la cocina, y envolvió el frasquito vacío para golpearlo
-con dificultad por el dolor en sus manos- varias veces con la bola del metate,
hasta hacer un fino polvo de vidrio que después arrojó por el desagüe.
Jovita
caminó por la casa mientras bebía a cada paso ese aroma frío y melancólico que
tenía la recámara. Tomó el teléfono y sintió, al escuchar la voz de Pedro, ese
dolor incesante en el pecho, que ahora parecía haberle crecido. Le dijo lo de
su padre, que esa mañana la vida se le había ido por la vejez, y seguramente
también por una gripa mal cuidada. Pedro preguntó si ella quería que fuera a la
casa:
– No, hijo, no. Te llamé
para que sepas, no para que arregles nada -. Antes de colgar, y sin que Pedro
se diera cuenta, Jovita le dio la bendición vía telefónica.
Hurgó de nuevo en el
álbum, sacando de él una fotografía que ella no recordaba: Una donde Gregorio y
ella, el día de la boda, sonreían. La tomó cariñosamente, y la llevó con ella
hasta el sofá, poniéndose la fotografía en el pecho, justo donde más le dolía.
Cerró los ojos, tratando de recordar la felicidad de antaño, al mismo tiempo
que una corriente de aire apagaba los cirios de Gregorio, y también apagaba,
con tibieza, la respiración de Jovita, que de pronto y sin abrir los ojos, se
dio cuenta que ya nada le dolía.
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