La Casa de la Calle Pimienta


- Ven – y ella lo mira rabiosa, con los ojos llorosos mientras se limpia las lágrimas que le corren por  las mejillas.
- Ven, anda, que sabes que te amo – Gerardo abre los brazos mientras el humo de su habano forma espirales que alivian el fétido aroma que ya ha empezado a correr  por toda la casa.

   La Casa de la Calle Pimienta tiene, en vez de pintura, unos cascarones verdes llenos de años. Tiene también, al frente, una cerca de metal con puntas de flor de Lis que han perdido filo y forma, y un jardín pequeño lleno de arbustos y follajes de colas de zorro, teresitas y musgos silvestres que conviven a diario en el total abandono de la mano tierna de Cecilia, que a pesar de eso, siguen verdes. Esos follajes pequeños son los que me han dado las alegrías de los juegos nocturnos, aquellos donde uno se puede esconder fácilmente de los demás. A pesar de lo pequeño del jardín, hay también un encino rugoso cuyas ramas, largas y torcidas, logran tocarse con una ventanita que da a la planta alta de la casa.

- No, no iré – contesta Cecilia mientras se le aprieta la garganta -. Eres un perro... ¿Sabías?

- Lo sé ¿pero qué hacer? Estoy loco por ti y quería que estuvieras feliz, y no iba a dejar que...

- ¿Pero así? ¿Tenías que hacerlo así? – Ella se ahoga un momento y se seca las lágrimas – ¿Y Fabio? ¿Lo has visto?

- No. Desde que llegué sólo estuve con ellos. Supongo que ha de andar por algún lado, escondiéndose como siempre.

   La espiral de humo se deforma y cambia de dirección por un viento que llega del piso de arriba con un gemido ahogado. Otro. La madera suena. La húmeda mirada de Cecilia se dirige a la puerta del cuarto que está al final de las escaleras, y ella se levanta sobresaltada.

- Todavía no termina todo, nena. En un rato más... En un rato. Mientras ¿me traes un té? – y ella camina hacia la puerta principal para asegurarse que esté bien cerrada.

   La puerta que da al frente de la Casa de la Calle Pimienta está hueca por dentro por el paso de cien generaciones de termitas. Antes, cuando Cecilia era una niña y llegaban sus amigas a la casa, la puerta sonaba a puerta y los cascarones parecían pintura. Hoy nadie toca la puerta. Cuando a veces llega un vecino, de casualidad, por la casa, no toca la puerta, pues sabe que está hueca y que sonará lejana; sonará a todo, menos a puerta, y termina entonces por abrirla –pues ya nunca tiene candado-, y me avisa de su llegada con ese largo chirriar de las bisagras.

Ella se acomoda el pelo, se limpia la nariz, y al escuchar otro gemido ahogado se lanza a los brazos de Gerardo.

- Eres un perro. Eres un perro... Pero...

- Y yo a ti, tontita. Anda, prepárame el té y después nos largamos de aquí; tu maleta está ya preparada, en la cocina.

- ¿Y Fabio? ¿Me iré sin Fabio?

- Es lo mejor. Él es más de la casa que tuyo. Déjalo que se quede aquí. Es más, si quieres, que venda la casa y que se compre con el dinero de la venta lo que quiera – bromea Gerardo, dibujándose en su rostro una mueca sarcástica.

- Lo dicho, ¡Eres un perro! – contesta Cecilia con los ojos hinchados, pero con una sonrisa. Le besa las mejillas tiernamente, y después se va a preparar el té mientras el humo del habano le sigue de cerca las pisadas.

   Siempre al pisar la alfombra roja de la entrada sale un polvillo fino que flota por largo rato en el recibidor de la casa. Ahí se encuentra un sofá con dos resortes que saltan de entre el forro marrón ya desgastado. Cuando llego de mis paseos vespertinos por la plaza me recuesto en él para ver a través de la ventana que da a la calle, sólo para darme cuenta que no pasará nadie por el frente en lo que resta del día.

   Hojea Gerardo un libro de cocina que Leonor tiene encima de la mesa del recibidor. Aún sin apagar el habano, encuentra la receta del Chocolate a la Napolitana que en alguna ocasión Leonor le cocinó. Y ahora recuerda el sabor. En una larga fumada siente el amargo sabor a cacao del postre y la larga cantaleta de Leonor acerca de su hija. Gerardo suelta el humo, y en él, la voz de Leonor, implorante, y con el humo que se disipa, el eco apagado de un gemido. La madera vuelve a sonar.

   A la derecha del sillón está un largo pasillo que lleva a la cocina. En el pasillo hay fotos de Cecilia y de sus padres. Hay, en una repisa, tres diplomas de primaria y uno de secundaria, -Lo único bueno que ha hecho mi hija- dice siempre Leonor cuando no está de buenas.

   Cecilia bornea el azúcar en el té de naranjo mientras el agua burbujea hirviente en la olla de peltre, y escucha de pronto el crujir de la madera y los esfuerzos en el piso de arriba. Un arrastre lento junto a lo que no se arrastra más, y a ella le resbala una lágrima que cae dentro del té, dejándole un cierto color ambarino que no se quita a pesar de que lo revuelve diez veces. Antes de regresar con el té al recibidor, le sirve a Fabio un platito con leche tibia para cuando aparezca, y a un lado del plato,  restos de la comida de ayer.

   En la cocina hay una estufa de tres quemadores y una olla de peltre en la que se prepara el té de hojas de naranjo y manzanilla. He de decirlo, a mí el té no me gusta. Será porque es la bebida de siempre de Gerardo, y no la de Leonor y Roberto. Roberto siempre ha preferido el café negro, y tocar a escondidas las piernas de Cecilia durante el desayuno, mientras Leonor cocina. También hay una alacena de aserrín prensado que nunca ha sido pintada, y una gallina de barro en la cual se guardan las bolsas con especias. Hay un salero en forma de huevito, y una salsera con forma de cangrejo rojo. También hay, tras la estufa, nidos de ratones.

   Gerardo apaga lo que le queda de habano y deja el libro a un lado del martillo, cuidando que las pastas blancas no se ensucien. Siente los dedos entumidos, acalambrados. Siente también, en los calambres, la madera sonar con mayor insistencia. Al llegar ella con el té, la apresura a traer la maleta de la cocina mientras hace los últimos arreglos. Bebe el té, que hoy sabe amargo, y toma el martillo para después dirigirse a la planta superior de la casa. Los peldaños crujen a cada paso que da, y en cada paso, el gemido se aviva.

   Frente al sillón del recibidor está la escalera de madera que tiene balaustres en forma de trenzas de palma vieja. Los peldaños crujen todos los días y todas las horas de todos los días. Es, yo creo, por la costumbre arbórea de sentir el viento; la costumbre de crujir con los pesados pasos de Leonor y Roberto, molestos con las noches de insomnio por esperar la llegada de Cecilia en las madrugadas, llena de rebeldía.

   La madera suena. Cecilia llega hasta el sofá con la maleta en la mano y ve a Gerardo pararse en la puerta del cuarto de los padres; él voltea para mandarle un beso que ella captura con un ademán de su mano izquierda, para después ponérselo en los labios. Gerardo abre la puerta y entra al cuarto con el ímpetu de quien quiere atravesar el aire espeso; el sórdido aroma se coagula con su mirada fría, concentrada en el martillo empuñado. Alguien rasguña el suelo de madera, y Cecilia, sentada en el sofá, no sabe decirse si ha sido una mujer o un hombre, o ambos al mismo tiempo. No sabe decirse, también, si aún sigue alguien respirando dentro de aquel cuarto. Escucha atenta las risas de Gerardo, y alcanza a ver, en el vibrar de los peldaños, el polvo liberado por los extraños sonidos que llevan en los largos gemidos la corpulencia de los brazos de Gerardo... Y él no se agota de jaspear carmín las paredes del cuarto, ni de callar las bocas que no pueden ya decir. Se escuchan también pisadas rojas. Después se escucha el golpe seco de algo que se parte en dos. Después, el golpe seco de algo que se parte en cuatro. Después, el golpe seco de algo que se parte en ocho. Después, el golpe seco directo en el piso de madera... Sobre la cama quedan gotas de memoria, piezas dentales, y cerca de la almohada, un martillo que, por el uso, ha perdido forma en la cabeza. Gerardo queda frente a un espejo oval que se ha quebrado y ve su imagen con los brazos desfallecidos, pensando en el amargo sabor a cacao del Chocolate a la Napolitana que Leonor preparaba tan bien. Cecilia le da una vuelta a la casa con la mirada taciturna y no puede llorar. Aprieta fuertemente la maleta y llama a Fabio para llevarlo con ella, pero no aparece.  Ve a Gerardo que viene ya por las escaleras con algunas chispas rojas en cara y ropa, y se da cuenta también que la madera ha dejado de sonar.

- Es todo, nena, vámonos. El camión que va a Salamanca sale a las cinco; apenas hay tiempo – dice Gerardo tomándole la mano. Ella busca una última vez con la mirada el andar de su gato pardo, y Fabio no se asoma ni sale de entre las sombras a darle un mimo. La pareja se toma de las manos y pisan por última vez la alfombra roja teñida en fuego, al tiempo que ella cierra la puerta de la entrada, del jardín, y empiezan a andar por la Calle Pimienta, haciendo un amoroso jugueteo de manos, en el que ella limpia las gotas carmines que se están secando en las mejillas del hombre al que acompaña.

   Los peldaños de la escalera crujen al paso y al pasito. Tienen un suave bamboleo que hacen creer que uno caerá de la escalera, pero no es así. Después de pisar el último escalón, es usual tropezarse con un aroma viciado que no termina de irse. Frente al final de la escalera está el cuarto de los padres de Cecilia. La puerta es blanca más por el olvido que por la pintura, y ahí, sobre la perilla, una mano roja la sigue abriendo. En el cuarto de Leonor y Roberto hay una cama, un buró y un espejo oval. La cama está desarreglada y con las sábanas sucias. El buró está cojo, y alrededor de él, todas aquellas cosas que deberían estar sobre su lomo: Medicinas y perfumes, un reloj de cuerda, fotos de la hija y unos aretes en forma de tortuga que Leonor usa en todos los aniversarios de boda. En el suelo, también, está el cinturón de piel con el que Roberto azota a Cecilia cuando ella no quiere caricias escondidas. Aún se siente tibio. El espejo oval está quebrado, y tiene en su interior una imagen cortada del suelo de madera: Dos siluetas dibujadas con gis, marcando frontera  de grandes manchas de sangre seca a las que nunca se les arrima el polvo. Arriba del buró hay una pequeñita ventana que da al frente de la casa. No tiene vidrios y los hierros delgados de su reja ya están oxidados, a punto de caerse.  Muchas tardes utilizo esa abertura para salir de la casa con saltos felinos, bajando por las ramas del encino rugoso que me llevan hasta el jardín pequeñito de la casa. Un jardín de muchos follajes pequeños, de aquellos en los que uno puede esconderse fácilmente de los demás, cuando la madera suena.

Gabriel Silva R.©

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