La Prueba
- Dale, te digo, ahora es más fácil. Concéntrate – ahora simuló un ruido parecido al de una garganta que traga saliva, y volvió a intentarlo. Sintió como si las gotas de sudor le corrieran por la frente debido al esfuerzo, sin darse cuenta que las gotas caían de las filtraciones del techo que tenía la casa, justo en la cocina, y caían sobre la transparencia de su cráneo para dar después en los tablones de madera del suelo. Logró entonces, por un instante, sentir un leve balanceo entre sus desvanecidos dedos: El peso del mango del cuchillo entre sus manos. Un mango de madera que de a poco se amoldaba al viento que lo sujetaba, que le empezaba a marcar un tono a la dirección del cuerpo filoso. Torpemente levantó el cuchillo, todavía indeciso, aún fugaz entre sus inexpertas manos que, en unos minutos, se acostumbrarían al contacto real del objeto. Su instructor le sonrío y asintió aprobando la maniobra, pero aún le exigía que fijara la mente en la no vacilación.
- ¡Contrólalo!, ¡tú lo llevas a él y no él a ti! Dale, que se nos hace tarde – y su instructor, caminando de espaldas a las escaleras y de frente a él, lo guio afuera de la cocina, mientras él intentaba dominar el objeto punzo cortante que le pesaba como una espada inmensa que por momentos le vencía, llevándolo con la punta hacia abajo. Ambos subieron la escalera, flotando, sin tocar jamás, por decisión propia, la alfombra ceniza del pasillo. Llegaron a la puerta de la recámara y la perilla dorada se veía imposible de girar. Su instructor ya no dijo nada. Bien le había dicho en clase cómo hacerlo. Entonces él volvió a hacer la simulación del trago de saliva que a su instructor tanto le molestaba, y quitó uno a uno los dedos de la mano derecha del pesado objeto que cargaba. Con cada uno de ellos que retiraba del mango el cuchillo parecía adquirir querencia al piso y la otra mano, debilidad.
– ¡Dale muchacho, sostenlo fuerte! – ante la orden, sacó todas las fuerzas que le quedaban en la inercia de mantenerse en este plano, logrando por un momento sostener el cuchillo con la punta hacia arriba, con una sola mano que, aunque temblorosa, se veía por fin resuelta a no desfallecer. Con la derecha libre intentó tomar la perilla, fallando cuatro veces antes de que pudiera sentir contacto y un pequeño toque eléctrico que le pasó de los dedos a la palma, y de ahí al resto de su insustancial cuerpo. Afianzó la mano en la perilla hasta concentrarse en la solidez y frialdad, en la forma esférica que le provocaba una sensación cromada que, estaba seguro, en otro tiempo le hubiera impuesto un sabor a hierro en la lengua. Notó la impaciencia de su instructor y empezó a girar la perilla. Con un chirriar largo pero sumido en el letargo del sopor de la recámara, comenzó a abrir la puerta de ébano. La abrió apenas lo suficiente para que pasara la mano con el cuchillo y los dos cuerpos detrás del arma. Se alegraron de que el cuarto estuviera a oscuras y la ventana abierta de par en par, dejando bailar las cortinas de organdí bajo el resplandor de la luz de luna. Como en una comunión de apareamiento, ambas figuras se deslizaron vertiginosas por la habitación, pasando una cerca de otra en el techo o debajo de una silla, simulando los vuelos acrobáticos de los aviones que juegan a rozarse sin tocarse las alas. Se escucharon las campanadas del reloj de torre que estaba en la sala. Ambos intrusos tuvieron que detener la danza porque ya no podían perder más tiempo, acomodándose los dos a la izquierda del durmiente. El hombre estaba en lo más profundo del sueño y apenas roncaba. Tenía las manos a los lados, dejando el tórax cubierto sólo por la sábana de seda, que hacía parecer que estaba en la cama una montaña palpitante de suave tersura, un volcán que en un momento haría erupción.
- Dale, que es tiempo – y él volvió a sostener el cuchillo con las dos manos, con dominio, con certeza, con la seguridad de lo que tenía que hacer.
– ¡Dale! – ante lo terminante de la orden, cumplió con el deber asignado. Le fue asestando uno tras otro los golpes con el filo, penetrando fácilmente la seda, la piel, el pecho. En cada golpe un chorro de sangre, una lava tibia brincaba en dirección de sus cuerpos y pasaba en balde entre los pechos de ambos, quedando los intrusos limpios y la alfombra totalmente mojada y enrojecida. Ninguno de los dos se sorprendió de que el durmiente no se despertara con el primer aseste ni con los siguientes. Sabían que durante el sueño profundo las sensaciones del durmiente son remplazadas por lo que se vive en el sueño, donde el durmiente, aún ahora, perforado, hecho un volcán sanguíneo, seguía trepado en un elefante en su expedición por la India.
- Bien dado – le dijo, y él sonrió mientras asestaba el último golpe, en el cual, por tradición, tenía que dejarle el cuchillo enterrado en el pecho al durmiente. Se miraron el uno al otro, y ambos se sintieron satisfechos por lo realizado, dando por concluido el trance. Decidieron que en vez de bajar las escaleras hasta el sótano, y considerando que ya no llevaban objeto entre las manos, sería más fácil atravesar los pisos de madera para llegar con mayor prontitud a la reunión.
Apenas arribaron al oscuro sótano cuando los invitados los recibieron en una celebración modesta, a media luz, evitando felicitar al chico con excesos antes de tiempo. El chico se sentía tranquilo por lo sucedido, y evitando apresurarse a mostrar su alegría, simuló beber de un vaso que simulaba tener cerveza. Uno que otro de los invitados preguntó los detalles de la noche, a lo que el instructor sólo dijo que la alfombra era un hermoso mosaico de carmines, pero que todo se resolvería temprano el día de mañana. Todos brindaron nuevamente con la suposición del vaso lleno en la mano, y decidieron irse a dormir, porque mañana sería el gran día de la prueba.
Al otro día el sol se arrastraba por la ventana iluminando la habitación que estaba helada y lejana al palpitar. Todos habían llegado y cuchicheaban ansiosos por saber cómo resultarían las cosas. Los invitados se apostaron a un lado de la cama, justo enfrente de la puerta entreabierta de la habitación. Algunos balbucearon al ver el cuerpo en la cama que el chico lo había hecho bien, que quizá sería bueno tomarlo en cuenta para los premios de final de año, aunque todavía faltaba que se concluyera la prueba final. Entonces todos alcanzaron a escuchar los pasos que subían las escaleras. Se callaron, y todos recordaron cómo se sentía el estómago cuando hay nervios y expectación por algo. Algunos, los más avanzados, lograron percibir un aroma a jazmín fresco que les avisaba que quien se acercaba era una mujer.
El ama de llaves se extrañó al ver que la puerta del dormitorio principal estuviera entreabierta. Se acercó a ella y no escuchó ningún ruido, ningún movimiento que le indicara que alguien estuviera levantado. Tocó la puerta dos veces cuidando de no abrirla, esperando la aprobación de que podía pasar para asear la recámara. Nadie contestó. Decidió abrir la puerta, y al hacerlo encontró el cuerpo envuelto en seda roja, con el arma enterrada en el pecho, izada como una bandera de muerte. La mujer sintió el asco de la muerte al ver la piel abierta como los pétalos de una flor y las plastas de sangre coaguladas en la alfombra persa. Después la mujer lanzó un grito desgarrado, intenso, profundamente agudo mientras salía corriendo a toda prisa de la habitación.
Todos los invitados voltearon hacia el chico que estaba a un lado del cuerpo y había puesto su mano sobre el mango del cuchillo, tal como el montañista se acomoda en la cima para ser fotografiado con su bandera. Se miraron unos a otros un momento, y después lanzaron el grito de júbilo, acercándose a él para atravesarlo en el abrazo, confirmándole con esto que había logrado el acto más sublime del grupo, y era entonces tiempo de celebrar en serio.
Gabriel Silva R.©
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