El Abuelo

La torre del telégrafo es la montaña más alta de mi pueblo, San Benito Triste. ‘Los Benos Tristes’, nos dicen en burla los de San Benito Alegre.

Yo como golosinas todas las tardes en la tienda del abuelo. El abuelo sabe, pero hace como que no se da cuenta. Mientras yo busco el dulce, él corta tomates rojos y les echa mucho jugo de limón para que comamos mientras los petroleros llegan a comprar carnada.

Un cuchillo es una historia. Así es el abuelo. Cuando toma el cuchillo, ya sé que va a cortar dos tomates, y luego, a contarme una historia.

El abuelo ha viajado por todos lados. Ha visto fantasmas y peleado con cocodrilos. El otro día, en la clase de geografía, la maestra dijo que en nuestra playa no hay cocodrilos. Yo me enojé montones y le dije que no era cierto, que mi abuelo peleó con uno y le sacó los dientes. Claro, los dientes los vendió y con eso compró la tienda. Todos se rieron. Todos. Hasta el conserje Domitilo. Pero cuando les grité que ellos no tenían abuelo, todos se quedaron callados, como conejos tristes.

- ¿Sabes pescar? - me preguntó Lauro el otro día en el patio de la escuela. - Claro que sí - le dije. He ido con el abuelo a pescar bagres y lisas. Soy muy buen pescador. Mientras el abuelo y Tomás lanzaban las tarrayas, yo enrollaba el sedal en las botellitas de vidrio que servían como cañas. - Son más livianas, Lauro - le dije. - Cuando le das vuelo al sedal con todo y anzuelo, nada más lo sueltas y casi lo llegas hasta los barcos que andan allá lejos, en lo más azul - Lauro no me creyó. En sus lentes me di cuenta que me miraba como si fuera un mentiroso, pero no me importó. Yo soy un buen pescador. Me lo dijo el abuelo. Esa vez yo pescaba muy bien los bagres, sobre todo cuando él los había sacado del agua. Ya después los cortaba en cachos grandes los grises y en cachos chicos los blancos.
Tomás pescó una manta raya. Era muy grande, la más grande que yo había visto. Si me la pusiera en el pecho me lo taparía completamente. En la cola tenía un huesote filoso que, me dijo el abuelo, si te lo enterraba en el dedo no te lo podían sacar a menos que te mocharan la mano. Yo nada más la vi, y cuando la echaron viva al bote con un poco de agua, me arrinconé en la camioneta y no dejé de vigilarla todo el camino. No quería que con un brinco de la camionetita saliera el hueso y me picara. Al llegar a casa, el abuelo me dijo que había sido un buen pescador, y me dio dos dulces de los caros, de los que tiene a un lado del mostrador para que nadie se los robe. Me puse tan contento que cuando llegué a la casa, le di a mi mamá un beso sin importarme que estuviera maquillada ni que el señor diferente estuviera cantando en nuestro baño.

Nunca me he escapado. Lo iba a hacer la otra noche, pero me acordé del fantasma asesino con el que peleó el abuelo cuando era joven.
Melquíades, dijo mi abuelo que así se llamaba el fantasma. Que era grande como un árbol de encino viejo, con colmillos filosos y ojos pardos. El abuelo dice que peleó con él donde ahora está mi ventana. Por eso no me escapo. A veces lo oigo. Siento cuando el viento toca el vidrio y lo rasguña. Parece que son las ramas del encino junto a la casa. Pero es Melquíades.

Tengo una novia. Se llama Lupita. Cuando salimos de la escuela nos vamos para atrás de la tienda y nos damos besos. Ella no sabe besar. Ella dice que yo no sé besar. Pero ella siempre besa con los ojos abiertos. Mi abuelo la conoce. Sabe que es mi novia. No se lo he dicho, pero él lo sabe. A veces parece saberlo todo. Cuando Lupita va a la tienda, el abuelo no le cobra ningún dulce que ella lleve, y siempre le regala dos dulces de los más caros, pero nunca puedo quitárselos, porque ella nunca cierra los ojos cuando la beso.

Todas las noches son tristes en San Benito Triste. Todos dicen que es porque así se llama el pueblo, San Benito Triste. Pero no creo eso. Yo más bien digo que es porque soy el único en el pueblo que tiene abuelo, y cuando se los digo a todos, ellos se callan y se ponen como conejos tristes, a pensar por qué.


Gabriel Silva R.©

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